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jueves, 24 de marzo de 2016

Anina y Gatuna IV

El primer plenilunio

Ya va siendo la hora de dormir en esta noche de luna llena, ambas amigas están cansadas y necesitan reponer energías para el día de mañana. Anina debe hacerlo porque mañana tendrá un día muy ajetreado en el café, tendrán un evento musical, con muchos invitados y con mucha decoración, por lo que sabe que mañana será un día largo y extenuante. Y Gatuna, pues, le encanta dormir, es una gata, así que cualquier excusa es buena para hacerlo, ¿no? Además, mirar por el patio también requiere energía. Ambas se preparan para irse a sus camas, Anina se da un baño y se pone su pijama, Gatuna se estira y toma un poco de leche para que le ayude a conciliar el sueño (en caso tal de que necesite ayuda).

Gatuna tiene su camita en la habitación de Anina, pero no duermen juntas, Anina es un poco alérgica a los pelos de gato y no le gusta dormir con animales. Mas ésta es una noche en la que, particularmente, las dos se sienten tristes. Gatuna sintiendo que su amiga estaba igual de taciturna que ella, se aventuró a subirse a su cama. Anina la recibió por instinto y la abrazó. En este instante, comienza a llorar en silencio, porque ni las palabras son capaces de encontrar la salida de su jaula. Lo único que puede hacer es llorar, llorar y pensar:

  • !Sólo quisiera que mi vida cambiara!

Gatuna no sabe qué es lo que pasa por la cabeza de su amiga, solamente intuye que está triste. No entiende bien el porqué, si Anina lo tiene todo, es joven, bonita, inteligente, tiene salud y una hermosa casa. Y tiene lo más importante, puede salir a jugar con los pajaritos sin necesitar a nadie para hacerlo (Gatuna piensa mucho en los pajaritos), o bueno, puede salir a hacer muchísimas cosas, puede leer, puede bailar, puede llegar adonde quiera con solo saber unos numeritos y unas letras. Así que Gatuna no comprende la tristeza de Anina, pero conoce bien la suya. Sin saberlo, se siente igual que ella y piensa…

  • !Sólo quisiera que mi vida cambiara!

Comúnmente se asocia el plenilunio con eventos sobrenaturales, y al parecer es cierto, porque esta noche ocurrió un acontecimiento sin precedentes, algo que para creerlo, definitivamente hay que verlo. Se nota que la luna tuvo algo que ver, pero algo más debió haber pasado en este momento, lo único que se podría decir es que fue algo muy “demente”.


Las dos amigas pensaron la misma frase, en el mismo momento. Sus almas, sus emociones, sus pensamientos entraron en un punto de sincronía tal que cambiaron de cuerpo. A partir de ese instante, el alma de Anina entró al cuerpo de Gatuna y lo mismo sucedió con ésta. Ninguna de las dos lo podía creer, esto debe ser un sueño. Pero no se asustaron, se sintieron cómodas de hecho y quisieron explorar un poco más aquello que les estaba ocurriendo.

Anina comenzó a caminar en sus nuevas cuatro patas, un poco torpe al principio pero rápidamente entendió cómo hacerlo. Miró a Gatuna y ésta le respondió la mirada con un ademán de aprobación, quería decirle que no había problema en que tomara su cuerpo prestado, pero aún no sabe convertir sus pensamientos en palabras. La chica siguió entendiendo este nuevo cuerpo, es extraño caminar en cuatro patas, pero es gracioso. Salió del cuarto y se dirigió al patio, pero prontamente se dio cuenta de que no podría abrir la puerta para salir de la casa. Vuelve a la habitación y mira de nuevo a Gatuna, quien sigue en la cama, porque no ha podido tomar el equilibrio necesario para pararse en dos patas. “Dos patas - pensaba -, ¿cómo lo hacen?”

Gatuna entendió que Anina quería salir, lo entendió muy bien pues es algo que ella siente todos los días. Hizo un esfuerzo por incorporarse y lo logra, camina dando tumbos hasta llegar a la puerta del patio y la abre. La alegría que invade a Gatuna sólo por el hecho de poder abrir una puerta es inmensa. Las cosas simples a menudo no son apreciadas, sólo logran serlo cuando alguien ajeno a ellas las conoce. Y así fue, Gatuna sintió una libertad que nunca había experimentado y se sintió muy bien.

Ambas salieron al patio, todavía sin poder creer del todo lo que estaba pasando, pero disfrutándolo como nada en la vida. Anina se trepó a los árboles, correteó, movió sus orejas, sintió el olor de la grama y dio vueltas en ella. Gatuna, por su parte, caminó, arrancó un fruto de uno de los árboles del patio, lo mordió y le gustó tanto que se lo comió todo. Las dos jugaron un buen rato sobre el césped y decidieron seguir con la exploración de sus nuevas formas.

Gatuna, adaptándose al cuerpo de Anina, optó por probar las habilidades que sólo los humanos poseen. Tomó un lápiz y un papel, dibujó círculos, luego dibujó cuadrados, estrellas… Lo hizo fácil y, sin querer, lanzó un grito de felicidad:

  • ¡Si! Puedo dibujar… ¡Y hablar!

Tomó luego un libro y leyó el título, decía Los 50 países más bellos del mundo y se apresuró a abrirlo. Observó las hermosas imágenes de ciudades como París, Venecia, Lima, Bangkok, Medellín y leyó la información. Estaba resuelta a aprender lo más que pudiera, quién sabe si tendría otra oportunidad como ésta en su vida. Anina se le acerca y le dice (bueno, trata de decirle) que va a salir a explorar la vida de una gata y sale corriendo y brincando como un resorte.

Anina sale del patio a la calle, no es difícil para ella porque ha vivido ahí toda la vida, claro que esta es una visión nueva de la vida, una perspectiva desconocida del mundo, la cual sólo provoca explorar hasta el final. Camina varias calles y seguidamente se aventura a treparse a los techos en el momento en el que se siente natural. Camina otro rato más, sintiéndose cercana al cielo, como si lo pudiera tocar con las manos (o patas), hasta que ve algo que la saca de su fascinación.

Llegó a una casa que nunca había notado antes, muy bonita, con paredes verdes y ventanas de madera pintadas de blanco. Era una casa hermosa, no sabe por qué nunca la había notado, pues no es muy lejos de su casa. Desde el techo bajó por una enredadera que llevaba a un balcón. Cayó de manera torpe, pero nada de qué preocuparse. Las puertas del balcón estaban abiertas, así que se quedó mirando hacia la habitación que había allí.

De manera sigilosa se acercó hasta que pudo ver algunos afiches de las bandas que más le gustaban, instrumentos musicales y una caja de pizza, su comida favorita, además de algunas cajas de cartón. No aguantó la curiosidad y se acercó un poco más, pues tenía que saber quién era el que habitaba ese cuarto. A lo mejor, es alguna persona interesante con la que puede hablar al menos de música, algo que no se consigue fácilmente en este pueblo.

Al acercarse más, alcanza a ver al dueño de los afiches, los instrumentos y la pizza. Nunca antes había visto un hombre así ni había sentido algo similar, se paralizó por un segundo y después la invadió una sensación de curiosidad,  quería  saber quién era ese chico tan peculiar y tan lindo al mismo tiempo. Se quedó mirándolo y se relajó tanto que acabó por quedarse dormida en el balcón de este vecino misterioso.

En la mañana, ambas despiertan en sus respectivas camas y con sus respectivos cuerpos. Anina apaga el despertador y se acerca a Gatuna, la acaricia, se ríe y le dice:

  • Gata, no sabes el sueño tan loco que tuve. Soñé con vos… Ni te cuento mejor, fue algo  muy alucinante.

Cuando Gatuna la escucha, recuerda que ella tuvo un sueño muy loco también, alucinante, pero no puede saber si es el mismo de su amiga. ¿Eso sí fue un sueño? ¿O pasó en realidad? No hay forma de saberlo, por el momento. Le hubiera gustado que Anina compartiera su sueño, pero decide no preocuparse por si esto fue real o no, prefiere tratar de recordar los hermosos paisajes que conoció en el libro y lo bien que se sentía tener un lápiz en la mano y dibujar circulitos.

Esto no puede ser real, piensan, pero ¿qué carajos fue eso?

lunes, 29 de febrero de 2016

Anina y Gatuna III

Gatuna: un golpe de suerte


Gatuna ya está algo cansada de corretear en el patio, correr sola por dos horas deja de ser divertido a medida que el tiempo va pasando. Aunque la gatica es muy joven aún, se siente un poco cansada de salir sólo en la noche, apenas se acaba la diversión. Es extraño que un gato piense eso, pero ella no se siente tan gata como debería. La verdad es que le da un poco de susto salir a explorar de noche, sola. ¿Y si se pierde? ¿Y si algún gato pendenciero la ataca? No sabría qué hacer, no sabe cazar ni siquiera, qué podría hacer si se encuentra al gato pendenciero, o un perro, o quién sabe qué. La noche, aunque hermosa, se siente peligrosa. Anina nunca sale de noche, tal vez a ella también le asuste, así que no hay muchas más garantías para una gata tan pequeña e inexperta como ella. Es mejor quedarse en el patio, donde está segura.


Por supuesto, sería mucho mejor poder salir de día y compartir la felicidad de los pajaritos que pasan el tiempo en su patio. Sería lo justo, es su patio. Pero su deseo no se basa en la justicia, sino en la alegría. Deben tenerla en grandes cantidades, siempre están volando, cantando, tomando el sol. ¡Eso sí es vida! También quisiera oír historias de lugares lejanos, paisajes desconocidos, situaciones novedosas, algo que le muestre la vida más allá de su casa.


Tampoco es que nunca haya salido de las cuatro paredes, ha tenido dos paseos con Anina al parque, en los que ha visto la vida por fuera del cómodo hogar, pero quiere conocer más. En estos dos paseos no ha tenido oportunidad de conversar con algún amigo gato que le dé algunos consejos, ni con pajaritos que le confirmen su sospecha de que es posible comunicarse entre sí. Sólo conversa con Anina, pero al parecer ella no entiende nada de lo que Gatuna le dice, porque Gatuna pregunta por los nombres de las flores y Anina le responde que el nuevo restaurante que visitó el viernes tiene un mesero muy maleducado.


El amor es difícil de entender, no es algo que se ve, ni se toca. Se siente y mucho. Que Anina le entienda o no lo que pregunta, no importa, porque su amiga humana entendió y sintió algo determinante para la historia de Gatuna: que su vida corría peligro y que quería una oportunidad de vivir. Es hora de contar cómo se conocieron este par de personajes.


Antes de Anina trabajar en el café, no tenía empleo alguno. Acababa de graduarse, pero en su pueblo nadie necesita una periodista, así que encontrar ocupación se hizo cada vez más complicado. Sus padres le ayudaban con dinero mientras encontraba algo, pero su independencia es algo importante para ella, así que tomó la dura decisión de ampliar su búsqueda a otros oficios diferentes. El pueblo es pequeño, no hay mucho por hacer que pueda ser emocionante o proponer desafíos intelectuales. Lo más cercano al arte que había encontrado era barrer la sala de cine local y no era algo que le provocara mucho.


Cierto día, una compañera de escuela le contó que había una oportunidad muy buena de trabajo, con la cual podría ser su propia jefe y viajar por muchos lugares. Anina, emocionadísima, acudió al llamado creyendo, confiando que esta era su oportunidad. Llegó al encuentro y tristemente notó casi de inmediato que era un negocio de repartidora de fertilizantes intermunicipal. Una mierda, literal.


Luego de la triste “reunión de negocios” con su compañera, Anina había perdido todas sus esperanzas. No encontraba nada, nada en ese pueblo que le hiciera sentir la alegría de existir. Ni un familiar, ni un amigo verdadero, ni un empleo, nada. Sola, sin dinero propio ni algo interesante qué hacer, parecía que le tocaría irse a vivir a la ciudad en la que sus padres viven, la que es mucho peor porque la contaminación es bastante alta y la concentración de personas todavía más. Por eso no quería dejar su pueblito, aburrido pero limpio, tranquilo y rural. Es mejor hacer lo que sea aquí que en una gran ciudad como aquella, pero transportar fertilizante es demasiado.



Pero cuando todas las puertas se cierran, Dios abre ventanas. Y la ventana que le abrió ese día es mucho mejor para Anina que cualquier puerta. Caminando hacia su casa, triste y sin opciones, pasó por una ferretería en donde se encontraba un señor con una caja de cartón. Se veía furioso, con cara de pocos amigos (o ninguno). Acto seguido, el señor dejó la caja al lado del depósito de basura de la ferretería y se fue. Cuando Anina pasó por el depósito, la caja se movió. Normalmente habría salido corriendo, pero no lo hizo. Se atrevió a mirar dentro de la caja y es lo mejor que ha hecho en su vida, pues dentro encontró un hermoso regalo, una pequeñísima gatica negra, muy delgada y sucia. Tenía los ojos más hermosos que Anina hubiera visto, vio en la mirada de la pequeña que era un ser fuerte, que no estaba en su mejor momento pero quería vivir y ser feliz, justo como ella.


Cuando Anina la vio, supo que este animalito iba a ser el inicio de su buena suerte y la llevó para su casa. Le hizo una deliciosa y cómoda camita, la bañó, le dio comida y muchas caricias. Gatuna se sintió en el cielo, ella no imaginaba vivir un día más, daba por sentado que su vida iba a ser extremadamente corta, pero su esperanza volvió al conocer a Anina. Siempre vivirá agradecida con su amiga humana por haberle salvado la vida.



Gatuna nació en un hogar triste, con más necesidades que cariño. Su madre murió al dar a luz. Aparte de ella, nacieron otros dos gatitos, hermosos y vivaces, por lo que fue muy fácil para los amos de su mamá regalarlos a los vecinos que pasaban. Pero nadie quería llevarse a Gatuna, pues dicen que los gatos negros son de mala suerte. El señor no quería a los animales, la única razón por la que cuidaba a la madre de Gatuna era porque esa gata era de su madre, quien le pidió al momento de morir que la cuidara. El hombre no tuvo más remedio que cuidarla, pero cuando esta gata fallece, el contrato se rompe, ya no hay ningún compromiso. El señor, al ver que nadie se lleva a la gatica negra, decide dejarla en el basurero sin ningún remordimiento.


Así que, si no fuera por Anina, Gatuna habría muerto en cuestión de días. Nunca sabemos qué nos depara el destino, sólo queda confiar en que viene algo mejor para nosotros. Gatuna lo hizo y le funcionó. Cuando llegó a la casa de Anina por primera vez, no lo podía creer. Sintió lo que es el afecto, ya era hora de que alguien notara algo más en ella que el color de su pelaje y le mostrara algo de cariño.

Este encuentro fortuito fue el inicio de una gran amistad, el primer ladrillo en la construcción de un hogar y un gran golpe de suerte para las dos.

Anina y Gatuna II

Anina: sentimientos encontrados… ¿o perdidos?


Ya son las 8 de la noche. Las orejas de Gatuna empiezan a moverse, siente unos ruidos, ruidos que le avisan que Anina ya llegó (por fin) a su casa. Primero suenan las ruedas de una bicicleta, las que Gatuna reconoce prestamente porque hacen un sonido particular, es una mezcla entre metal y armonía, un sonido cálido aunque helado como el metal mismo, una fusión irónica igual que la persona que producía tal sonido. Cosas que sólo gatos entienden.


Estas ruedas, su sonido, su vibración, se sentía más cerca y entre más se acercaba, más lento se hacía… hasta que paraba. En ese instante es cuando el sonido metálico se transforma en uno seco, sutil pero contundente. Son las pisadas de su amiga. Cada pisada es un segundo menos que Gatuna debe esperar para ver a Anina. Al final, luego de tanta espera, suenan las llaves y la puerta se abre. Su amiga ingresa al hogar y nuestra amiga Gatuna levanta la cola, luego las patas y corre a saludarla.


  • ¡Hola, gata mía! ¿Cómo está mi parcera del alma?
  • Miauuu (Feliz de que estés de nuevo en casa)
  • Qué bueno que estés bien, Gatu. ¿Comiste?... Eso, así me gusta. Ya te abro la puerta.
  • Miauuu (¡Gracias!)


Gatuna corre al patio, buscando si sus amigos pajaritos aún están allí, pero no, no hay rastro de ellos. Bueno, otro día será, igual todavía hay muchísimas cosas que puede hacer en el patio, como correr, treparse a la fuente o a los árboles, oler la grama, en fin. Le encantaría hacer todo esto acompañada, pero su amiga humana está muy cansada, no quiere jugar.



Ciertamente, Anina llega cansada de su trabajo, no porque éste le exija levantar cosas pesadas o recibir el sol abrasante del mediodía. De hecho, le gusta su trabajo porque no debe hacer ninguna de esas cosas, así que su cansancio es más espiritual y emocional que físico. Sabemos que somos la unión de alma, mente y cuerpo y para estar en total bienestar debemos tener los tres componentes sanos.


Pero Anina no puede decir esto acerca de ella misma. Su cuerpo es sano, por lo cual vive muy agradecida, ocasionalmente le da uno que otro dolor, pero en el mundo en el que vivimos, lo que respiramos y comemos, lo que callamos y sufrimos, es normal tener el cuerpo en cierto desequilibrio. En cuanto a su mente, se puede decir que es sana, no tiene ninguna enfermedad (si no contamos como enfermedad el adaptarnos a estos tiempos y sus situaciones ilógicas), pero tampoco está bien, del todo, al menos como ella quisiera. ¿Y, pues, cómo estarlo? No ama su trabajo.


No es que tengamos que amar nuestro trabajo per se, según Anina. Ella cree que esto es otra falacia derivada del capitalismo salvaje: “amemos nuestro trabajo, dejémonos explotar con amor, seamos esclavos y sonriamos a la par…”. No es el hecho de amar nuestro trabajo sólo por el hecho de estar trabajando, sin importar qué estamos haciendo o cuán cerca nos tiene de ver nuestros planes realizados, no es eso. Anina sabe que trabajar es la única opción que se tiene en un mundo en el cual vivir vale más que las experiencias que tuvimos o las personas a las que amamos. La vida ahora tiene un valor monetario, que se ve en cuestiones tan simples como la supervivencia a otras más extremas, como comparar el valor de la vida con la cantidad de dinero en el banco, o propiedades, o lo que sea, porque de todo se ve.


Pero si ella debe trabajar, si todos debemos hacerlo, pues hay que hacer algo que nos llene, que nos haga felices, que despertar en la mañana para trabajar sea una dicha en vez de un karma. Sea lo que sea, es irrelevante. Anina piensa que si alguien es feliz haciendo zapatos, pues debe hacerlo, dejando a un lado la concepción de que el trabajo es solo una manera de acumular riquezas. De ahí viene la dignificación del trabajo, no de cuánto se devenga, sino de cuánta felicidad trae para uno mismo y para los demás. Y ese es el problema de Anina, que aún no sabe qué es aquello que la hace feliz.


Anina es antropóloga y le gusta serlo, cree que es una buena manera de trabajar en algo que le gusta, aunque no la llena del todo. De todas formas, eso no importa en este momento, porque trabaja en algo muy alejado de eso. Es mesera en un café cercano a su hogar, a veces también hace domicilios y encomiendas. Le pagan bien, es un horario razonable y le queda cerca a su casa, es más, conoce gente nueva todos los días y sus jefes la tratan como si fuera su hija. Es un buen trabajo, pero no la hace feliz.


Ella aún no sabe qué quiere en realidad, pero tiene muchas ideas. Ella quisiera poder sembrar una buena semilla en el mundo, que crezca y se multiplique. Quiere dejar su huella, así sea una huella anónima, no sabe cómo, pero sabe que lo hará. Le gusta pintar, escribir, tomar fotografías, montar en bicicleta, pero no puede hacerlo mucho, al menos no tanto como le gustaría. No tiene tiempo. Y si logra encontrar algo de tiempo, no lo aprovecha.


Su espíritu se siente decaído, no encuentra valor en sus acciones diarias, excepto los momentos que pasa con Gatuna, esos sí la llenan, le dan la energía que necesita para salir todos los días al café. Pero es lo único, ella necesita más que eso para sentirse plena consigo misma. No halla la forma de cambiar esto que la molesta. Sería tan feliz si pudiera viajar, si al menos tuviera a alguien que la acompañara, o el coraje de hacerlo sola, o el tiempo, o el dinero, o…


-¡Quisiera salir, conocer el mundo, encontrar un amigo a quién amar!


Tan solo una pista que la lleve al camino le haría muy feliz.

lunes, 25 de enero de 2016

Anina y Gatuna I

Dos amigas, un alma


Es una tarde fría. No tan fría como suele ser en esta época del año, pero lo suficiente como para hacer que Gatuna no quiera levantarse del cómodo sofá en el que se encuentra. Este sofá es su lugar favorito, pues es el mejor sitio para estar de toda la casa. Aunque tiene muchos sitios cómodos para recostarse en su hogar, ninguno es tan agradable como éste, pues tiene unos cojines mullidos, grandes y cálidos, perfectos para días donde cualquier fuente de calor que se encuentre es bienvenida, igual que hoy. Además, la ubicación del sofá es estupenda, ya que queda cerca a la cocina y allí es donde está la comida de Gatuna, su agua y su leche y, por otro lado, también queda cerca al patio, donde está su cajita de arena y algunos juguetes que Anina, su amiga humana, le trae para que se divierta mientras ella no está. Tiene pelotas, cuerdas, ratoncitos de peluche y muchas cosas más.


Pero esto es lo de menos, si le preguntan a Gatuna. Si el sofá no quedara cerca del patio y la cocina, no importaría, siempre y cuando el sofá no se mueva de su punto. Esto es porque tiene un ventanal al frente del cual puede admirar un hermoso paisaje adornado con flores de mil colores, tres pequeños árboles frutales en los que casi todo el tiempo se posan dos pajaritos muy particulares, pequeños e inquietos y una fuente de piedra en la cual se bañan los pajaritos, juegan y sacian su sed. Al fondo, se encuentra una hermosa y majestuosa colección de montañas, unas más grandes, otras más verdes, algunas más redondas y así, pero hay unas que llaman más la atención: dos montañas idénticas entre sí, lo que explica que los lugareños las llamen las Montañas Gemelas. Se dice en el pueblo que éstas son montañas mágicas y que de allí brota un riachuelo, aquel de donde nace el amor eterno.


Gatuna ha escuchado a Anina hablar de ellas alguna vez, pero no es algo que le importe mucho. Piensa más en los pajaritos visitantes, sus amigos lejanos. Quisiera salir a jugar con ellos, corretearlos un poco tal vez, conversar con ellos (si es que es posible, no es algo que ella sepa aún). No es posible salir a jugar para Gatuna mientras Anina no está en casa. Cuando ella llega, abre el ventanal para que su amiga minina salga y sienta la hierba en sus patitas y el viento fresco en sus bigotes, pero a esa hora los pajaritos ya se han ido a otra parte, quizás a su casa a descansar de tanto jugueteo en el patio de Gatuna. Así es difícil que pueda saber si, en realidad, podría entablar una conversación con el par de criaturas y, quién sabe, tomarse un té o algo por el estilo.



Aunque Anina siempre la trata bien, la cuida y la protege, Gatuna siente que algo le falta. Tiene comida, sí. Tiene juguetes, muchos. Tiene un espacio en la casa para jugar, claro, incluso tiene un gimnasio para gatos y cualquier cosa que a su amiga se le ocurra comprarle, pues ella siempre está pendiente de qué cosa nueva puede llevarle a su gata para compensar el hecho de que la deja todo el día solita en su casa. Pero esto no es suficiente, Gatuna quiere salir, ser una gata, usar todas las facultades que la naturaleza le dio. Quiere aprender a cazar (no porque le guste la violencia, sino porque sabe que eso es parte de lo que ella es), quiere dejar de tener miedo, moverse a un lugar más lejano del patio, aprenderse las direcciones de su pueblo (le parece encantador cuando escucha a Anina hablando de cómo recorre el pueblo en su bicicleta y cómo es capaz de llegar a donde sea, con sólo unos numeritos y unas letritas). En fin, aunque Gatuna se siente feliz, se siente incompleta.


  • ¡Quisiera ser humana, poder abrir la puerta que quiera, salir a jugar cuando quiera y ser escuchada!


Sin embargo, Gatuna siempre tiene la mejor disposición, ama mucho a su amiga humana y sabe que ella se esfuerza mucho para que ambas vivan lo mejor que pueden. Por esto, nunca rompe cosas ni hace desorden, no lo necesita y sabe que sería un motivo más para que su amiga esté triste. Anina, aunque trata de ser positiva y ver las cosas buenas que la vida le ofrece, se siente incompleta, igual que su gata. A veces llora, a veces no quiere pararse de la cama. Es ahí cuando Gatuna saca sus mejores armas, hace piruetas para que Anina se ría, hace sus poses más tiernas para que Anina olvide su dolor o simplemente se acurruca junto a ella, para que Anina duerma tranquila.


No importa lo que les pueda pasar, ambas saben que se tienen la una a la otra y que así se acercan un poco más a la plenitud que tanto anhelan.